Lo que antes me asustaba del silencio era su sinceridad.

Su manera de decirme las cosas tan directas me descolocaba.

Y más que parecer un aliado, se confundía con un enemigo.

Sus consejos parecían reproches,

Sus recomendaciones, exigencias,

Y su consuelo era más bien frío.

Dejé de frecuentar su compañía sin avisarle.

Y lo embarqué más de una vez por reuniones con amigos, por películas en Netflix y por salidas que me gastaban en ánimo más que en dinero.

Sin embargo, un día se plantó en la puerta de mi casa con las manos bien puestas en la cintura y frunciendo el ceño hasta el cielo.

Me atrapó por sorpresa y esta vez no pude escaparme, aunque confieso que en el fondo, lo estaba esperando.

Tomó mi mano, se sentó en la silla de siempre y dijo:

“Es momento de que junto a mí calmes la marea que tanto te ahoga para traer a tu orilla las respuestas que tu corazón me encomendó.»

Y por primera vez nos abrazamos en el mutismo reconfortante de mi interior, donde la paz no se hacía esperar.

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